miércoles, 18 de marzo de 2009

Rutinas

La rutina de todo estudiante, ir al instituto. Para unos aburrido, para otros un sitio más donde pasar el día y por último, para algunos el lugar perfecto para meterse con la gente.

Y día tras día era la misma rutina. Emily entró a paso rápido por la puerta mirando para todas partes e intentar esquivar a Tom. Pero para su desgracia se lo encontró de morros.

-Anda, Emily. ¿Qué tal? -Se apartó rápido sin abrir la boca. –No me seas borde. Puedes hablar conmigo, ¿no?
-Déjame pasar Tom. –Tiro un paso hacía atrás sin levantar la cabeza.
-¿Y si no quiero? –Puso morritos y la acorraló contra la pared. – ¿Porque no me haces caso? Si te cambiarás la ropa y fueras más simpática… mejor no te digo lo que te haría. –Sonrío de lado levantándole la barbilla con un dedo.
-Déjame. –Volvió a repetir. -¡Joder!
-¡Shh! Esas cosas no se dicen. Que tu eres una estudiante modelo, eso déjaselo a los chicos malos. –Intentó zafarse de Tom.
-¡Estoy harta! ¿Por qué siempre te metes conmigo? Tu hermano es más raro que yo.
-Con Bill ni se te ocurra meterte ¿me oyes? –En su voz había un toque de ira y pegó un puñetazo en la pared.
-¿Por qué? –Sonrío por primera vez en mucho tiempo, sonrío mostrando sus perfectos dientes blancos. –Si tú te metes conmigo y lo que te diga no te afecta tendré que encontrar tu punto débil.
-Por que si te metes con Bill, te aseguro que entonces arrepentirás estar aquí. Arrepentirás más que nunca que haya dirigido hacía ti la más mínima frase.
-Siempre me he arrepentido, el simple hecho de oír tu voz me revuelve el estomago así que verte la cara todavía me sienta peor. –Su susurro, apenas audible para alguien que no fueran ellos dos.
-Vaya, vaya, así que la niñita las mata callando.
-¿Y a ti que te importa?

Se oyeron unas voces, seguidas de unas risas. Y después Tom se apartó de Emily. Su mirada amenazante prometía que esa discusión no acababa ahí.
Emily suspiró cuando se alejó lo suficiente y fue con su grupito de amigos. Cada día la misma historia, una y otra vez.

Primera hora de la mañana, Lengua. Para nada apetecible escuchar la vocecilla de la profesora An, una mujer realmente aburrida para su edad, no superaba los veintitantos.

-Bien, chicos, ya he corregido las redacciones que os mandé. Y también he decidido que dos alumnos representaran a nuestro instituto en el concurso de literatura en Hamburgo. –Suspiró y cuando acabó de repartir las redacciones se apoyó en su mesa y nos miró a todos.

Los murmullos en la clase subieron de tono, mucha gente tenía ganas de asistir al “aburrido concurso de literatura” simplemente por perder un par o tres de días de clase.

-Bien, chicos, chicas, callad. Frühling y Kaulitz. –Bill y Tom se miraron por un instante. –Tom Kaulitz. Aunque me lo habéis puesto difícil de decidir. Espero mucho de vosotros chicos, al final de la hora os quedáis un segundo que os daré las autorizaciones.
-Oh, está bien. –Emily situada en segunda fila suspiró y miró al dueño de aquella voz, en la mesa de al lado. Tom Kaulitz, genial, tendría que pasar las 24 horas durante tres días con la persona que más odiaba en la faz de la tierra.

Al terminar la clase y cuando todo el mundo se disperso hacía las siguientes clases, Emily y Tom se acercaron a la profesora, quien sin mediar palabra con ellos les tendió un papel a cada uno.

-Aquí tenéis la autorización, mañana mismo la quiero aquí firmada por vuestros padres. El lunes que viene nos vamos y espero mucho de vosotros, ¿De acuerdo? –Sonrió. –Seréis los mejores chicos.

Emily miró al suelo extrañada y al levantar la vista cruzó la mirada con Tom que también miraba extrañado y con una ceja alzada a la profesora. Metió la autorización entre los libros y sonrió moviendo su piercing del labio inferior.

-Bien, chicos. ¿A qué esperáis? A clase, va, va. –Se levantó y les empujó hacía fuera de la aula cerrando la puerta después.
Por segunda vez mientras sostenían los libros entre sus brazos y Emily seguía mirando una y otra vez la autorización sin creérselo.

-Y bien, nena. ¿Cómo lo has conseguido? –Tom la miró y ella levantó la vista extrañada por tan estúpida pregunta.
-Estoy acostumbrada a tus estúpidas preguntas, pero esta las supera todas con creces. No lo sé, ¿haciendo la redacción, quizá?
-Oh, sí.
-Entiendo que para ti sea difícil de comprender, por qué…dime, ¿Te la has tirado? –Emily miró con incredulidad a Tom, como esperando un sí por respuesta. –Porque es muy triste. Pero en fin, tampoco me interesa tu vida personal así qué…

Tom miró como Emily se iba alejando de él guardando la autorización entre los libros.

-¡Emily! –Ella se apoyó sobre sus talones y giró levemente.
-Hmm… ¿Qué? –Murmuró.
-No me gusta que te pongas tan rebelde. –Se río débilmente de su propia broma y cogió el camino hacía la siguiente clase.
-Lo que tú digas, Tom, lo que tú digas. –Suspiró y puso los ojos en blanco mientras seguía su camino hacía clase de Química.

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